La dimensión léxico-semántica de la armonía vocálica en las lenguas urálicas y altaicas

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1. EL ALCANCE DE LA ARMONÍA VOCÁLICA EN LA EVOLUCIÓN DE SUS MODELOS DE DESCRIPCIÓN

La armonía vocálica [1] es un fenómeno que atraviesa y estructura el sistema fonológico de determinadas lenguas o familias de lenguas del mundo, y ha sido objeto de diferentes formalizaciones por parte de la moderna tradición lingüística. Lógicamente, la evolución de sus modelos de descripción ha corrido pareja al propio progreso de la teoría fonológica. Por un lado al desarrollo general de los modelos que interrelacionan el plano fonológico con otros componentes del sistema lingüístico, orientación que se formula ya en las obras de Vladimir Skalička o John R. Firth, pero que experimenta obviamente un crecimiento cualitativo a partir de los trabajos de Morris Halle y Noam Chomsky. Por otro, más específicamente, a los avances en el estudio de los procesos conocidos tradicionalmente como suprasegmentales. En concreto el análisis de la armonía vocálica es notablemente deudor de los modelos surgidos en el contexto del estudio de los sistemas tonales.

Especialmente la descripción de la armonía vocálica se ha beneficiado en gran manera de las perspectivas no lineales de análisis fonológico, específicamente de los modelos autosegmentales. Estos modelos han dado paso a un nuevo enfoque de la morfología (o si se prefiere de la morfofonología), la llamada morfología prosódica, o no concatenativa en la formulación de J. McCarthy (1981), que puede integrar por primera vez en un modelo coherente los dos planos de la armonía vocálica, el fonológico y el morfológico, hasta entonces estudiados prácticamente por separado.

Los primeros modelos fonológicos de descripción de la armonía vocálica reducían el fenómeno a una variante especial de la asimilación fonética (la asimilación a distancia entre determinada clase de segmentos). A rasgos generales, este punto de vista consideraba que sólo un núcleo silábico —el primero o más a la izquierda en lo que se entendía como un proceso de asimilación progresiva— estaba especificado en relación al rasgo armónico relevante, y que los restantes se asimilaban a él. Esta es la posición clásica en la tradición estructuralista y, dentro de la fonología generativa, la mantenida en los trabajos de Zimmer (1967), Bach (1968) y Carrell (1970).

La crítica de este modelo direccional fue formulada ya tempranamente por investigadores como Sprigg (1961), que trabajaban con lenguas como el tibetano, donde aparentemente la asimilación se desplazaba en ocasiones de izquierda a derecha y en otras de derecha a izquierda. Pero además es que este planteamiento asimilacionista no podía explicar satisfactoriamente otra característica de la armonía vocálica que se estudiaba separadamente con el mayor interés en otras áreas lingüísticas como la morfología o la semántica: la cuestión del dominio de la armonización. La armonía vocálica abarcaba secuencias no delimitadas aparentemente por razones fonológicas, sino más bien morfológicas (formalmente las secuencias contenidas en #___#, en las lenguas aglutinantes las bases léxicas y todos los elementos afijados a éstas). Los formuladores de la semántica léxica estructural llevaban tiempo maravillándose de ese exótico sistema fonológico que parecía demostrar la existencia empírica de la unidad “palabra”.

Así surgen los primeros planteamientos no direccionales de T. M. Lightner (1965), P. Kiparsky (1968) y R. Vago (1973, 1976), que a pesar de sus profundas diferencias (véase Vago, 1973: 579-580) compartían la necesidad de trabajar con un marco morfológico para este proceso fonológico. El trabajo de Lightner, bastante infravalorado hasta la aparición de la corriente autosegmental (por ejemplo Hyman, 1975: 281), planteaba por primera vez que el rasgo armónico relevante estaba ya especificado en todos los segmentos implicados, no sólo en el primero. Kiparsky y Vago por su parte precisaban que la completa especificación atañía sólo a los segmentos del lexema, pero que los morfemas no léxicos (los sufijos en lenguas aglutinantes como las que tratamos aquí) sí sufrían un proceso de asimilación estrictamente fonológico: “Dado que las raíces normalmente no alternan armónicamente, no hay evidencias de que se encuentre implicada aquí una regla [fonológica]” (Vago, 1973: 580); “La armonía en las raíces debería poder explicarse por las condiciones de la estructura morfémica, y en los afijos por la regla fonológica de la armonía vocálica” (Ibíd.: 579). Kiparsky y Vago son los primeros que formulan claramente un criterio morfológico de base en la explicación del fenómeno de la armonía, si bien lo que acaban proponiendo en realidad es arrinconar la armonía propiamente dicha (que siguen considerando un proceso de estricta asimilación fonológica) fuera del ámbito del lexema y reducirla a los procesos de afijación, como una especie de concordancia vacía. El lexema entero encarna ahora ese elemento autoespecificado y especificador que los planteamientos anteriores imaginaban sólo en la sílaba prominente del mismo.

Los enfoques autosegmentales de G. N. Clements (1976; Clements y Sezer, 1982), J. Goldsmith (1976, 1985) y D. Steriade (1979) plantean el problema dentro de un modelo de varios planos (“hileras”) en los que operan de forma independiente los diferentes rasgos. La representación fonológica lineal final se efectúa sobre un plano central (“esqueleto” o “plantilla”), compuesto de “orificios” en los que pueden manifestarse (“anclarse”) las propiedades de los diferentes planos subyacentes, de acuerdo a determinadas reglas. Este modelo en diferentes planos, que liquidaba los problemas teóricos de una “asimilación a distancia” difícil de explicar por razones fónicas (sobre todo a través de tantos segmentos “opacos”), fue aplicado prontamente por J. McCarthy (1979) a la estructura morfofonológica de las lenguas semíticas, donde como es sabido las vocales que constituyen un solo morfema no aparecen tampoco contiguas (el abuso de la fórmula lineal de la “asimilación a distancia” fonológica tenía en morfología su correlato en el modelo lineal de los “morfemas discontinuos” —o “fractos” en el lenguaje tradicional de los orientalistas—, igualmente insatisfactorio). La propuesta de McCarthy [2], independientemente de otros aspectos innovadores, nos interesa aquí porque vincula por primera vez un componente de significado a los diferentes planos del enfoque fonológico no lineal. Las vocales del árabe —la lengua estudiada por McCarthy de modo específico— pertenecen a un plano distinto de las consonantes y son la representación de distintos morfemas flexionales, mientras que las consonantes constituyen la representación de los morfemas léxicos y derivacionales (DRS ‘estudiar’ : DaRaSa ‘él estudió’ : DuRiSa ‘él fue estudiado’ : DaRRaSa ‘él enseñó’, etc.).

Las lenguas con armonía vocálica que aquí abordamos presentan sin duda una estructura fonológica muy similar a las semíticas y afroasiáticas en general [3],con la diferencia formal fundamental de que las variaciones vocálicas no parecen tener una dimensión significativa: el sistema de oposiciones armónicas aparentemente no introduce un sistema organizado de oposiciones semánticas entre los lexemas (por ejemplo finés käyrä ‘corvo’ y kaura ‘avena’, pöytä ‘mesa’ y pouta ‘sequía’), y las características de los segmentos de los morfemas no léxicos están totalmente determinadas por las de las secuencias a las que se afijan.

 

2. IMPLICACIONES SEMÁNTICAS DE LA ALTERNANCIA VOCÁLICA EN LAS LENGUAS URÁLICAS Y ALTAICAS

La afirmación anterior tiene una validez general y refleja el actual estado de la cuestión en la descripción de las lenguas de armonía vocálica. Sin embargo en las lenguas urálicas (finoúgricas y samoyédicas) y altaicas (túrquicas, mongolas, tunguso-manchúes, con toda probabilidad también el coreano), que organizan su sistema de armonía vocálica en torno al rasgo [posterior], encontramos restos de lo que parece ser un antiguo sistema de relaciones semánticas basado en la alternancia armónica de las vocales.

En las lenguas urálicas estas oposiciones atañen al ámbito de la deíxis espacial, y están todavía parcialmente vigentes en algunas lenguas. Así en húngaro: itt ‘aquí’ / ott ‘ahí’; ide ‘(a) aquí’ / oda ‘(a) ahí’; innen ‘de aquí’ / onnan ‘de ahí’; ez ‘esto’ / az ‘eso’; eme ‘esto’ / ama ‘eso’; ekkora ‘tan grande como esto’ / akkora ‘tan grande como eso’, etc. En komi y udmurt (grupo pérmico): eta ‘esto’ / ata ‘eso’. En mordvino (lengua fínica occidental): e ‘esto’ / o ‘eso’, etc. Todas estas oposiciones deícticas llevaron al uralista sueco B.Collinder a proponer (1955) una alternancia en fino-ugrio común *e- ‘cerca’ / *a- ‘lejos’. Pero en la subfamilia samoyédica encontramos restos quizás más arcaicos de una oposición similar: nenets de la tundra (lengua samoyédica septentrional): tjukue ‘esto’ / takie ‘eso’; njie ‘en, dentro’ / nja ‘en, sobre’ (Salminen, 1997: 7 y 15). Para el uralista húngaro F. Hamori (1998a) habría que considerar entonces unas formas ya en protourálico *e-, *i- ‘esto’ / *u- ‘eso’ [4].

En algunas lenguas altaicas la ordenación de las vocales sobre el rasgo [posterior] crea oposiciones léxicas de género, aparentemente una categoría inexistente en las lenguas de esta familia [5]. Así mongol literario clásico: eke ‘madre’ / aqa ‘hermano mayor, tío’ (mongol jalja contemporáneo: ex / ax). Manchú: xexe ‘mujer’ / xaxa ‘hombre’; eme ‘madre’ / ama ‘padre’; xuweshen ‘monja budista’ / xuuwashan ‘monje’; erselen ‘leona’ / arsalan ‘león’etc. (Haenisch, 1961: 34). Evenko (lengua tungúsica): etirkeen ‘anciano’ / atirkaan ‘anciana’ (Poppe, 1960: 151-152) (aquí con inversión de la asignación de género). La conciencia de la alternancia de género en función de la armonía ha dejado una huella importante en las tradiciones gramaticales de estos pueblos, cuando contaron con escritura. Incluso en la tradición gramatical de lenguas que hoy no sabemos si se sirvieron de tal sistema en algún momento. En la tradición gramatical budista del mongol, el manchú y el coreano la armonía vocálica se explica en términos de palabras yin (“femeninas”, con vocales [–posterior], o [+alta] en coreano) y palabras yang (“masculinas”, con vocales [+posterior], o [–alta] en coreano) (sobre este modelo en coreano, Sampson, 1985).

Tanto la oposición deíctica urálica ( [–posterior] = proximidad (al hablante) / [+posterior] = lejanía ) como la oposición de género altaica ( [–posterior] = femenino / [+posterior] = masculino, excepto en evenko donde la relación es la contraria ) son sistemas arcaicos, posiblemente con un rendimiento pleno en etapas anteriores de estas lenguas, pero en sus estadios modernos limitados a grupos léxicos específicos. De hecho las alternancias vocálicas no son estrictamente equivalentes (en húngaro, por ejemplo, la contrapartida [–posterior] de onnan debería ser *önnen y no innen), lo que refleja aparentemente que la conciencia de este rendimiento semántico de la armonía se perdió en un tiempo lejano, evolucionando después cada forma de modo independiente.

No se ha hecho hasta ahora un estudio a fondo de las características de estas oposiciones léxico-semánticas inducidas por la estructura de la armonía vocálica, y en ello sin duda influyen escollos teóricos importantes. El primero es obviamente la consideración ya examinada de que la armonía vocálica es un fenómeno fonológico sin repercusiones en el plano del significado. Hemos querido presentar las posibilidades abiertas por el enfoque morfofonológico de McCarthy como una alternativa a este impasse. Por otro lado la evidencia que hemos ejemplificado someramente contradice uno de los axiomas modernos de la uralística (específicamente de la uralística báltica), a saber: que las lenguas urálicas no tienen ninguna relación privilegiada con las lenguas altaicas (lo “uralo-altaico” ha sido enfáticamente liquidado a todos los efectos) (Collinder, 1965) y que la armonía vocálica de las lenguas urálicas —no de todas, ya que ciertas lenguas, como el estonio, el livonio o el lapón, no la presentan— es puramente un resultado del contacto circunstancial en tiempos históricos con algunas lenguas altaicas. La antigüedad que se intuye en estos sistemas de oposiciones semánticas entraría directamente en contradicción con lo relativamente reciente de estos contactos. Para argüir contra esta posición no podemos aquí más que remitir a los interesantes enfoques surgidos en los últimos años en el seno de la lingüística magiar, que cuestionan abiertamente la hipótesis de la unidad fino-úgrica, médula espinal de la tesis urálica, intocada desde el siglo XVIII: Trh (1993), Marácz (1998), Chong (1998) (véase también Harms (1985) para un planteamiento que sitúa ya la armonía palatal entre las características del protosistema eurasiático).

 

3. PROPUESTAS PARA UN MODELO INTEGRADO DE DESCRIPCIÓN

Un tercer inconveniente, sólo superficial, para formular un modelo coherente de descripción de este sistema en las lenguas urálicas y altaicas, es la disparidad de campos semánticos implicados. Aparentemente la deíxis espacial y el genéro son ámbitos completamente diferentes. Sin embargo las conexiones lógico-semánticas de ambas categorías ya han sido señaladas en otros contextos lingüísticos [6].

Se atribuye a Carl Meinhof (1912) el primer estudio en este sentido, en relación con las lenguas “camíticas” (afroasiáticas). Meinhof planteaba que funcionaba una “polaridad” semántica en estas lenguas organizada originalmente sobre el eje proximidad-lejanía. Lo más próximo equivalía a lo que era más capaz de influir, y por lo tanto a lo más importante. Meinhof diseñaba así una clase I compuesta por lo más cercano, lo más importante, lo más escaso (singular), lo más grande (aumentativo) y lo masculino; opuesta a una clase II que incluía a lo lejano, lo menos importante, lo más abundante (plural), lo más pequeño (diminutivo) y lo femenino. La adscripción del género-sexo a este sistema de clases se basa fundamentalmente en la tendencia común semítica a usar el femenino singular para expresar el plural, así como el frecuente cambio de género de los masculinos al expresarse en plural (el amplio uso de la marca -aat del árabe, plenamente funcional hasta hoy para formar nuevos plurales, ej. taksihaat, de taks ‘taxi’). Conexiones claras del aumentativo con el masculino y del diminutivo con el femenino son observables en las lenguas bereberes (adar (masc.) ‘pie’ / tadart (fem.) ‘piececito’).

Para Meinhof además el morfo -t representaba significativamente tanto el morfema deíctico de segunda persona (“más alejada”) como el de femenino. Pero en un estudio anterior, C. Brockelmann (1902) había señalado ya que podía reconstruirse un sistema semítico muy arcaico donde el femenino estaba asociado al principio más importante (más básico), y que tal sistema “se había extinguido probablemente con la desaparición de la sociedad matriarcal” (Brockelmann, 1902: 417). Restos de ese sistema se encontrarían dispersos por las lenguas semíticas, como los curiosos femeninos de prestigio del árabe (xaliifat ‘califa’, ‘allaamat ‘sapientísimo’) (Tritton, 1943: 30).

El modelo de Meinhof sería aplicable a las lenguas que nos ocupan, dándonos una categoría “más importante”, “cercano”, “femenino”, asociada al rasgo armónico [–posterior] (la clase yin de la tradición gramatical budista), versus “menos importante”, “lejano”, “masculino”, asociado a [+posterior] (yang). La primera categoría incluiría probablemente también un componente colectivo “compacto”, frente a la segunda, que contendría el polo “distribuido” [7]. Lo más llamativo aquí sería que el femenino está en el polo más positivo, lo cual estaría en concordancia, siguiendo el punto de vista de Brockelmann, con lo que se sabe de la importancia social de las mujeres en las culturas nómadas centroasiáticas.

Resultaría interesante —pero excede de las dimensiones de este trabajo— comparar las oposiciones semánticas que asociamos en estas lenguas a la armonía vocálica con procesos muy similares presentes también en lenguas de la familia afroasiática, como la aparente alternancia vocálica asociada al tamaño en los prefijos árabes ma- ‘lugar grande’ (“prefijo de lugar”) y mi- ‘lugar pequeño’ (“prefijo de vaso”) (Corriente, 1971: 58). Esto nos llevaría a conectar todos estos planteamientos con la vieja cuestión del simbolismo fónico de las vocales, que ha sido el instrumento de análisis de fenómenos aparentemente similares observados en las lenguas indoeuropeas y africanas, y que podría arrojar luz sobre la asignación final de cada clase semántica a rasgos armónicos concretos.

 

NOTAS

[1] – La armonía vocálica forma parte de un fenómeno general, la armonía fonológica, que en determinados sistemas lingüísticos opera visiblemente también sobre ciertos segmentos consonánticos (y entonces se define propiamente como sinarmonía), o aparentemente sólo sobre éstos (armonía consonántica). Según la convención más aceptada, encontraríamos armonía vocálica stricto sensu en lenguas urálicas como el húngaro o el finés, sinarmonía en lenguas altaicas como el turco o el mongol, y armonía consonántica en lenguas como las tupí-guaraníes (armonía nasal). No es el propósito de este trabajo entrar en un estudio concreto de los procedimientos de descripción de la armonía, pero queremos señalar que mucho en esta clasificación tripartita depende del enfoque adoptado en el análisis, por no aludir a otros condicionantes como el sistema de transcripción o el peso de la lengua escrita. De hecho parece que todo sistema de armonía fonológica es sinarmónico: las consonantes intervienen de una u otra manera en el sistema de oposiciones funcionales de las vocales, o viceversa. Es pues un problema de modelos de descripción elevar determinados constituyentes al carácter de unidades operantes y considerar que los procesos concomitantes que se registran simultáneamente en otros ámbitos son sólo fenómenos de asimilación contextual motivados por ellos (Hamp, 1980; Hattori, 1983).

[2] – El modelo multidimensional del estudio de McCarthy sobre la estructura morfofonológica semítica (1979) fue extrapolado por él mismo a otros sistemas lingüísticos fonológicamente similares (1981). Clements (1985) hizo una crítica de esta generalización más allá de las lenguas semíticas, que fue respondida por McCarthy (1989) con demostraciones a nuestro juicio definitivas.

[3] – Goldsmith (1985) propone así que los autosegmentos nucleares del mongol son tres (i, u, a), como en semítico. Pero García-Bellido (1989) señala oportunamente que este conjunto tripartito básico es un axioma general de las teorías en que se enmarcan los trabajos de este autor (teoría de los elementos de Kaye, teoría de las partículas de Schane, teoría de las dependencias de Anderson y Jones).

[4] – Hamori (1998a) encuentra restos de un sistema similar en las lenguas dravídicas, y Chong (1998) en antiguo armenio.

[5] – En realidad se encuentran vestigios en mongol literario clásico de antiguos sufijos de género (Vladimircov, 1926; Hambis, 1945).

[6] – Creemos de utilidad recordar aquí la hipótesis de Greenberg (1978) de que el origen de las marcas de género se encuentra en los deícticos demostrativos.

[7] – En otro lugar hemos expuesto nuestra idea de que la distinción compacto / distribuido es básica en estas lenguas en la organización del número (previa a singular / plural) (“Sobre la expresión de la pluralidad en mongol”. III Congreso de Lingüística General. Salamanca, marzo de 1998, en prensa). Para asociar esa distinción a las categorías que hemos establecido deberían estudiarse mejor algunas conexiones léxicas, señaladas por Hamori (1998b), entre los términos en estas lenguas para “femenino” y para el numeral “cuatro”. El cuatro es en estos pueblos el número por excelencia de lo “compacto”, equivalente al uno para el “singular”. El cuatro como número de la “totalidad” se encuentra desde las tradiciones budistas (las cuatro vías) y chamánicas (los cuatro horizontes del mundo) de Asia hasta las culturas amerindias (el Tawantin Suyu andino).

 

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© Miguel Peyró

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