Nombres y género en el mundo mongol

Children play near gers, traditional Mongolian tents, in an area known as a ger district in Ulan Bator

 

Introducción

La evolución de una sociedad se refleja en todos sus aspectos comunicativos, y por lo tanto también en su lengua. Las lenguas son instrumentos que las comunidades utilizan para explicarse y contarse el mundo en que viven, y se transforman al ritmo de las transformaciones que experimenta ese mundo. Pero también las lenguas son herramientas para cambiar la visión del mundo que tiene una sociedad: contar la vida de otra manera empuja a que la vida se acabe aceptando de esa manera, “normaliza” una nueva visión de la realidad. Se dice así que las lenguas no sólo reflejan sino también ayudan a reproducir a través de las generaciones las distintas perspectivas colectivas sobre el mundo que llamamos culturas.

El léxico de las lenguas es donde los avatares colectivos se reflejan mejor, por su carácter designativo. Las palabras establecen cuántas cosas diferentes cree una sociedad que existen en su mundo, y viven mientras dure esa creencia. Es bien sabido que las palabras se quedan obsoletas cuando desaparecen las cosas a las que aluden, y que nuevas palabras acuden siempre a representar nuevas realidades. Han pasado a mejor vida en español palmatoria y currutaco, y han llegado antivirus e influencer. Pero no sólo las palabras sirven para hacer el inventario de “las cosas que hay” según una determinada comunidad de hablantes. También sirven, por sus relaciones y gradaciones, para saber cómo esa comunidad ordena y categoriza la trama de la realidad, incluida su realidad social.

Trataré aquí de la evolución de una clase de palabras en la lengua mongol, los nombres propios de persona (antropónimos en la nomenclatura lingüística), y cómo puede reflejar e ilustrar los cambios en las relaciones de género de esta comunidad a lo largo de su agitada historia.

 

Los nombres sin género en la primera sociedad mongol

Tradicionalmente entre los pueblos mongoles se ha utilizado un único nombre, asignado en una ceremonia poco después de nacer. Aunque la organización en clanes ha tenido una importancia fundamental entre los mongoles hasta el siglo XVII, y la sigue teniendo entre los buriatos incluso en la actualidad, los nombres de los clanes no se vincularon a los nombres personales en ningún sistema similar a los “apellidos” occidentales. El único nombre mongol ha sido en general un sustantivo común de la lengua con un significado considerado encomiable o venturoso, o asociado a las circunstancias concretas del nacimiento de esa persona. Hasta el siglo XIV, y por lo tanto todavía en tiempos de Gengis Kan y sus directos herederos, encontramos nombres como Batu (“Firmeza”), Möngke (“Eternidad”), Altan (“Oro”) o Yisü(n) (“Nueve”). Lo que interesa aquí resaltar es que estos nombres eran asignados indistintamente a hombres y mujeres. Sólo opcionalmente, en ocasiones, algunos sufijos concretaban el sexo de la persona, por ejemplo -gei (masculino) / -jin (femenino), como en Yisügei (“Nueve-hombre”) y Yisünjin (“Nueve-mujer”).

Una lectura en claves culturales de esta falta de asignación de género a los nombres deduciría que en esa sociedad tanto hombres como mujeres se consideraban merecedores de las cualidades positivas o notables que los nombres representaban, sin que se reservaran de partida para ninguno de los dos sexos. Esto sugiere que no había una diferenciación de destino personal entre hombres y mujeres al nacer, lo que reflejaría una sociedad poco estratificada en torno al sexo. Incluso aquellas cualidades de dureza o violencia que el patriarcado ha venido asignando tradicionalmente a los hombres (“Firmeza”, “Hierro”, etc. en los nombres mongoles) no se asociaban de modo preferente a los varones. Pero la realidad nunca sigue fielmente del todo ningún modelo: Encontramos en el inventario de nombres mongoles de esa etapa algunos ya reservados a varones por hacer referencia a animales machos, como Buqa (“Toro”), y un único nombre reservado de modo exclusivo a las mujeres: Tsetseg (“Flor”).

 

El género nace con la conquista

A partir de las conquistas de Gengis Kan y sus sucesores, los mongoles empiezan a usar igualmente como nombres personales los de los territorios sometidos. Aparecen así Majar (“Hungría”), Orus (“Rusia”) o Qurumsi (“Khuarezm”). En muchos casos también nombres tomados de las lenguas de estos pueblos, especialmente los de los suntuosos estados sedentarios, por el prestigio que conllevaban estas culturas: nombres persas como Ghazan o turco-uigures como Arghun. Todos estos nombres asociados a las conquistas militares y al poder político son nombres en general reservados a los varones, que los combinan con los nombres tradicionales de su lengua. Las mujeres seguirán usando sólo nombres mongoles.

La proverbial tolerancia en el ámbito de las creencias de los kanatos mongoles llevó pronto a la adopción del cristianismo, el islam, el taoísmo o el budismo por parte de algunos clanes, con la incorporación así de nombres tradicionales de estas religiones. En el caso del islam, nombres de origen árabe; en el del taoísmo, nombres de origen chino; y en el caso del budismo, nombres sánscritos y tibetanos. Estos nombres de origen no mongol se expandieron especialmente entre las castas altas de los kanatos, mientras que el resto de la población permanecía más fiel a los nombres tradicionales. Tras la caída del kanato de China (dinastía Yuan), los nombres extranjeros en general comenzaron a declinar, con excepción del ámbito de los mongoles musulmanes del oeste (kanatos de Il y de la Horda de Oro), donde se siguieron utilizando nombres árabo-persas. Las distinciones de género que estas religiones o cosmovisiones ya tenían establecidas en sus sociedades pasaron a los nuevos mongoles “conversos”, incluida la diferenciación de nombres masculinos y femeninos.

 

La etapa de los nombres tibetanos

El budismo llegó al mundo mongol de forma notoria bajo el reinado de Kublai Kan, que incorporó por primera vez el Tíbet al estado chino. En el siglo XVI, ya desaparecido el poder mongol en Pekín, se produce lo que se conoce como segunda conversión de los mongoles al budismo, un fenómeno directamente vinculado a las alianzas entre los kanes de Asia Central y los círculos de poder del Tíbet. Dalai será un título en lengua mongol (“Océano”) que las autoridades político-religiosas tibetanas recibirán, mientras estas legitimarán formalmente a su vez a los kanes de Mongolia. Esta segunda conversión será mucho más mayoritaria y profunda que la que se dio en tiempos de Kublai, porque entre otras cosas logró una síntesis definitiva con la ancestral tradición chamánica de los pueblos mongoles.

Desde la primera mitad del siglo XVII prácticamente la totalidad de los nombres mongoles se sustituyen por nombres tibetanos, en muchos casos términos que a su vez tienen un origen sánscrito. Los pocos nombres tradicionales mongoles que sobreviven son sólo aquellos sustantivos que encajan con los valores de la cosmovisión budista, como Ölzei (“Bendición”), Enkh (“Paz”) o Jargal (“Felicidad”), aplicables tanto a hombres como a mujeres. El budismo mongol que se importa directamente del Tíbet es la rama Vajrayana o budismo tántrico, y muchos de los nuevos nombres aluden a deidades veneradas especialmente por esta corriente, como Dulmaa (Tara) o Gombo (Mahakala). El sexo atribuido a la deidad condiciona que se aplique en cada caso a hombres o a mujeres.

 

El aparente regreso a los nombres tradicionales mongoles

A partir de comienzos de los años veinte del siglo pasado Mongolia se convierte en un estado socialista de la órbita política y militar soviética, la llamada República Popular de Mongolia. Su capital, Niislel Khüree, es rebautizada como Ulan Bator (Ulaanbaatar), que significa literalmente “El Héroe Rojo”. En la política de las nuevas autoridades comunistas juega un papel central la destrucción sistemática de la cultura budista mongol, asociada al pasado considerado “feudal” del país. Prácticamente todos los monasterios mongoles serán demolidos y la inmensa mayoría de los lamas ejecutados. Paralelamente los nombres tibetanos empiezan a desaparecer y a ser reemplazados con cada nueva generación por nombres patrimoniales mongoles, aunque tomados de un vocabulario bastante distinto del de los nombres ancestrales que citamos al comienzo de este artículo. También, a partir de 1934, comienzan a imponerse modelos oficiales de “apellidos”, tomados de los nombres de clanes, de los nombres de los padres (varones) o escogidos de otras formas.

Es interesante observar que en este regreso de nombres de raíz mongol, y a diferencia de aquella primera etapa, se distinguen claramente nombres para hombres y nombres para mujeres. Los nombres para hombres serán sustantivos asociados a la fuerza, la dureza, la valentía y el heroísmo. Los nombres para mujeres serán sustantivos vinculados a la belleza, la fragilidad, las plantas y los astros. Nombres para hombres serán por ejemplo Baatar (“Héroe”) o Bold (“Acero”), y nombres para mujeres Tsetseg (“Flor”) o Bolor (“Cristal”). Sólo los nombres patrimoniales que habían convivido con el budismo, como los ya vistos Enkh (“Paz”) o Jargal (“Felicidad”), seguirán aplicándose indistintamente a los dos géneros. Así pues, la sociedad soviética, que formalmente abrazaba la promoción social y profesional de las mujeres, impuso paralelamente una visión altamente patriarcal de los roles de género.

En algunos casos extremos, que merecen ser traídos aquí por su curiosidad, los nombres de varones mongoles se vinculan en los años soviéticos a nombres de países socialistas o de sus líderes. Como Eseseser (el deletreo de SSSR, es decir URSS) o Melschoi (las iniciales de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Choibalsan).

En la actualidad los nombres mongoles están mayoritariamente compuestos de dos elementos y reflejan todavía esa radical asignación por géneros de cualidades u objetos. Así los nombres para varones Chuluunbold (“Piedra de Acero”), Mönkhbat (“Firmeza Eterna”) o Tömörbaatar (“Héroe de Hierro”); y los nombres para mujeres Uranchimeg (“Decoración Artística”), Bolormaa (“Madre de Cristal”) o Sarangerel (“Luz de Luna”). Y el patriarcado se evidencia incluso más allá, como en la pervivencia de los nombres para mujeres que significan “La próxima vez un niño” (Oghulkhaimish, etc.).

Lo que acabamos de presentar atañe, especialmente en etapas modernas, a los pueblos mongoles de la actual república de Mongolia. En Mongolia Interior la presión del estado chino y su lengua oficial impuso circunstancias especiales. Y lo mismo sucedió en los países mongoles de Buriatia y Kalmukia en relación al dominio ruso.

 

© Miguel Peyró

 

 

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